Las palabras «alegría ante la crisis» y «menú anticrisis» son las que más se repiten en los letreros que anuncian promociones de tapas y de bebidas en las casetas de la Feria de Abril de Catalunya, que comenzó la noche del viernes. La letra de las animadas canciones que suenan por el recinto del Fòrum ayudan a olvidar el vendaval de la recesión que afecta a tantos puestos de trabajo y tantas familias, muchas asiduas al encuentro anual que desde hace 41 años celebran los andaluces catalanes. Es una fiesta abierta a personas procedentes de los lugares más recónditos del planeta, como tibetanos que venden grandes cuencos y campanas.
«Hay que ser feliz, el tiempo pasa y se va», cantan en el Centro Cultural Gitano de La Mina. Al entrar, un cartel indica que la copa de vino y una tapita cuesta dos euros y un cubalitro de whisky, siete. «Vamos a la caseta de Unió. Llenan grandes vasos de manzanilla», anima una señora a su amiga. Es el cebo para atraer a un público que a priori optaría por casetas más flamencas. En el estand del PSUC, la estrategia para llenar la carpa es latina. «Mojitos a 3 euros».
Las casetas con productos extremeños ganan terreno. «Las ofertas son impresionantes. Cuatro piezas de ibéricos a 10 euros», asegura Agustín Morillo, que regenta un puesto especializado en aceite de oliva de Monterrubio de la Serena (Badajoz), también famoso por sus quesos. «Las ventas flojean desde hace dos años. La crisis se nota. La gente se lo piensa a la hora de comprar una torta por barata que resulte», dice.
OFERTA GASTRONÓMICA // La feria es una torre de Babel rodeada por un bazar. Churrerías, tómbolas, heladerías, sidrerías, teterías, paradas de mazorcas asadas con mantequilla, otra de faláfel (la croqueta de garbanzos típica de la cocina árabe), hamburgueserías, carritos de nubes de azúcar, parrillada argentina, marisquerías, coctelerías, una granja vasca que distribuye queso idiazabal... cualquier producto es fácil de encontrar a excepción de un buen fuet catalán.
Lo que nunca falta son las jarras de rebujito, la bebida por excelencia de la feria. «Vino manzanilla, cubitos de hielo, hojitas de hierbabuena y Seven Up. Se agita y a beber bien frío», cuenta Francisco Javier Vila, presidente de hermandad más antigua de la feria. Nuestra Señora del Rocío de Santa Coloma de Gramenet viene desde hace 41 años. «Empezamos con un puesto de melones y, ahora llegamos a servir 10.000 kilos de pescado y de marisco», compara.
Su local está llenísimo, en parte por la fama que tiene el cazón en adobo y el caldo rociero, que se cuece con huesos de jamón. «Eso resucita a un muerto», explica. A pesar del volumen de mercancía que mueven, Vila insiste en que la feria cada vez es menos rentable: «Trabajamos gratis para recaudar fondos para el alquiler del local de Santa Coloma y para organizar la romería». Él, como muchos compañeros, se encuentra en el paro: «Espero que por poco tiempo». Su especialidad es montar piezas de ferrocarriles. «Lo único bueno es que me puedo dedicar 24 horas a la feria. Antes ni dormía», añade.
Vila afirma que, gracias a la buena organización, la feria ha mejorado las estructuras. «Sobre todo la ventilación, el almacenamiento de comida y la refrigeración».
