domingo, 26 de febrero de 2012

Vítores para el juez, insultos para el duque


Hacía pocos minutos que había salido el sol, y los primeros antimonárquicos ya merodeaban por las calles laterales de los juzgados de Palma. También se escuchaban las primeras consignas –"¡viva la República!", "¡Urdangarin, chorizo, devuelve el dinero!"–. La jornada se prometía movidita...
En un extremo de la calle trasera del edificio judicial, totalmente cerrada al tráfico, Isabel Padrós espera con un grupito de amigas la llegada del duque. La mujer, sexagenaria, ya ha participado en otras protestas con imputados por corrupción, y se confiesa a una de sus acompañantes:
–"En el bolsillo llevo cuatro huevos".
–"¡Isabel, prométeme que no se los tirarás!", le advierte la amiga. Mientras, las otras la ´calientan´.
Al impedirle el paso un cordón policial, un hombre de cuarenta y tantos, con canas, comenta irónico a un agente, sin esperar respuesta: "La prensa puede pasar, los parados, no". Porque si algo tuvo la protesta de ayer contra Iñaki Urdangarin fue la heterogeneidad. Antes de las nueve –la hora a la que estaba citado el duque de Palma ante el juez– se habían concentrado dos centenares de personas sin un perfil concreto: Había gente de mediana edad, republicanos, jóvenes independentistas, curiosos, parados, ´indignados´, espontáneos... No solo de Palma, había gente venida desde Felanitx, Inca o Santa Margalida. La concentración fue convocada por la asociación independentista Maulets, las juventudes de Izquierda Unida, la Unidad Cívica por la República y estudiantes de la UIB. Pero también se sumaron ciudadanos que reivindicaban mejoras para su barrio, o los que luchan para que la Sanidad pública balear disponga de un urólogo infantil para atender el caso de Raúl Aguiló, muy seguido en Facebook.
A las 8,45 horas, la Policía local deja pasar por la calle Dezcallar un Opel Zafira azul; lo conduce un chófer, y Urdangarin va de copiloto. Isabel Padrós no se lo piensa dos veces, y lanza un huevo de gallina –"dos", según ella– que impacta de lleno en la ventanilla donde se sienta el duque. Varios policías nacionales se abalanzan sobre la señora, y le piden que se identifique. A distancia, la amiga de antes relata que Padrós "está indignada, su marido es maestro de obras y no tiene trabajo, y ver que vienen estos, no solo Urdangarin, también Matas, la Munar, Nadal y te roban el dinero, pues te cabreas ¿qué vas a hacer?". Al cabo de poco llega la protagonista, quien resume ante los periodistas su estado de ánimo tras la acción: "¡Me he quedado a gusto!". El coche fue llevado a lavar durante la declaración del marido de la infanta, y regresó sin rastro del huevazo.
Después de las peticiones de la Casa Real al juez decano de Palma, Francisco Martínez Espinosa, para que el yerno del rey llegara en coche hasta la mismísima puerta del juzgado, finalmente el duque bajó del vehículo, miró un instante a los que le increpaban –enfurecidos–, y con el rostro lívido recorrió a pie junto a su abogado Mario Pascual la cincuentena de metros que le separaban desde la acera hasta el portal del juzgado. Sorprendió a los numerosos periodistas allí congregados, al hacer unas declaraciones. El duque estaba visiblemente nervioso, con los puños cerrados. Los asesores habían medido la estrategia a la perfección, y tras lograr el privilegio judicial, el duque renunció a él, como si nunca se hubiera solicitado. Poca gracia le debió hacer al magistrado Martínez la jugada, después de haber tenido que dar su brazo a torcer.
En la calle, los ánimos estaban muy caldeados, y se sucedieron los gritos e insultos contra el duque y su esposa, la infanta Cristina, tan variopintos como el personal: "No le esperes en Marivent, ven con él". "Cuidado con la cartera, que viene Urdangarin". "¡Fuera, fuera, fuera, la corona española"!. En un balcón, sus moradores desplegaron un gran cartel con el vocablo "ladrón". Hubo constantes alusiones a favor de la tercera República, y no faltaron los que corearon el tradicional "el pueblo, unido, jamás será vencido". La Policía –la local vigilaba el tráfico, y la nacional controlaba a los manifestantes– permitía el acceso a todos los ciudadanos, aunque les exigía enseñar los bolsos, mochilas y demás, y cacheaba a algunos. Algunos agentes también requerían a los manifestantes que les enseñaran el contenido de las pancartas, y para permitir su paso obligaron a quitarles los palos –lo mismo con las banderas–, por temor de que alguno la liara a golpes. El nombre del Instituto sin ánimo de lucro –en teoría– que presidía el yerno del rey, Nóos, dio mucho juego a los manifestantes: "Iñaki, nóos vemos en tu nuevo palacete", decía una pancarta, o "Nóos forramos", pudo leerse bajo una caricatura de Urdangarin.

Objetos requisados

Los agentes requisaron algunos tirachinas y objetos que consideraron peligrosos, levantando acta e identificando a sus portadores. Había antidisturbios llegados en barco con sus furgonetas desde Valencia, la noche antes, aunque no tuvieron que intervenir. Los periodistas protestaron nuevamente por los inhibidores de frecuencia que cortaban la conexión wi fi de internet en el perímetro de los juzgados, y lo mismo con la telefonía móvil.
Aunque no lanzó ningún huevo, a Aina Díaz también se la vio muy molesta con todo lo que estaba aconteciendo, pero por motivos profesionales. Esta abogada denunció que "con todo este dispositivo se impide el libre acceso al juzgado de guardia, que debe seguir cumpliendo con sus funciones". Díaz explicó que solo se permitía entrar al mismo a los abogados que estaban de guardia ayer, "y si no estás en la lista, no te dejan entrar". "Estoy indignada, no es normal que porque este señor esté declarando en la tercera planta, no se deje ir a cualquier ciudadano a poner una denuncia al juzgado de guardia de Palma, no es normal y además es ilegal", remachó. Este diario fue testigo de cómo la Policía nacional aconsejaba a un joven que tenía intención de interponer una denuncia "por un asunto familiar muy grave", que "hoy es mejor que vaya a la comisaría, porque en el juzgado de guardia no le dejarán pasar". Otra persona, un paciente de Son Espases, no pudo entregar un informe médico al forense. En la otra cara de la moneda, los funcionarios de guardia estaban encantados por la menor carga de trabajo.
En medio del fragor, el público vitoreó a los investigadores –los fiscales Anticorrupción, que tuvieron que enseñar las credenciales a un policía que no les reconoció–, y especialmente al juez instructor, José Castro. Cuando el magistrado regresaba de un receso para tomar café, desde la vecina plaza de los Patines, algunos manifestantes le reconocieron y prorrumpieron en aplausos y vociferaban –"¡bravo, bravo!"–. Castro no se lo esperaba y aceleró el paso, algo abrumado y emocionado a la vez. Como en una película de buenos y malos, vaya.