domingo, 11 de marzo de 2012

Putin: Victoria sin brillo en Rusia


La victoria de Vladimir Putin en los comicios presidenciales rusos ha sido ampliamente cuestionada en el país y en el extranjero. Las protestas de multitudes congregadas en Moscú, San Petersburgo y otras ciudades, han subrayado el sentimiento generalizado de que estas elecciones, celebradas el 4 de marzo, estaban arregladas de antemano.

Numerosos observadores extranjeros, especialmente de los organismos europeos, han señalado cómo en esta contienda no hubo en realidad competencia ni mucho menos incertidumbre. Los resultados ya estaban listos tiempo atrás.

La maquinaria de Putin escogió a los candidatos opositores, le asignó a su jefe el 70% del tiempo disponible en los medios, sobre todo la televisión, expurgó las listas de votantes y, por si acaso, compuso los datos de las urnas. ¿Cómo, si no así, explicar el alto número – 48%– en Moscú, donde encuestadores independientes ya habían establecido un techo para Putin no superior al 40%, y cómo entender el 98% de los votos en zonas remotas, sobre todo Chechenia?

He ahí el porqué y el cómo de la súbita elevación del balance final, un sorprendente 64%, brindado al actual primer ministro en su tercer retorno a la Presidencia de Rusia. Hasta días antes, Putin, conforme a una infinidad de sondeos, estaría obligado a librar una segunda ronda electoral.

Sin embargo, como bien apuntaron voceros de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), cualquier duda sobre el resultado se disipó al observar las graves irregularidades en los puestos de votación y la parcialidad de las autoridades electorales en estos y otros aspectos del proceso.

Cabe señalar que las protestas comenzaron meses atrás, en demanda de transparencia electoral y ponerle fin a la autocracia. Como sabemos, los resultados de los sufragios parlamentarios en diciembre último, que redujeron la ventaja clave de la bancada pro gobierno, atizaron una escalada en las protestas de miles de participantes que Putin ha descrito como “basura de clase media”.

A lo largo de la serie de manifestaciones, en especial hasta la reciente elección del presidente, la Policía ha actuado con firmeza, pero sin excesos de brutalidad. Sobre este extremo, habrá que ver qué sucede en eventos donde ahora se cuestiona la legitimidad de los sufragios presidenciales. Resulta significativo que Putin ya haya pasado, en discursos y declaraciones a la prensa, a menospreciar los reclamos y ridiculizar el movimiento.

Putin, con la colaboración de su pupilo Dimitri Medvedev, el primer ministro escogido para ocupar la Presidencia durante el período que está por fenecer en mayo, no ha sido un demócrata convencido, como sí lo fue el primer presidente ruso, Boris Yeltsin. Esta figura icónica del movimiento democrático, quien doblegado por enfermedades y adicciones debió poner fin a su mandato y su carrera política, seleccionó a Putin, ministro de su Gobierno, como sucesor presidencial.

Esta mecánica permite observar el estrechísimo círculo representativo de la naciente democracia, una cúspide que ha enriquecido a amigos y parientes cuyos caudales perfilan, sobre todo en el caso de Putin, los fondos de retiro del jefe de turno.

La realidad es que Putin es producto de la KGB, de su mentalidad, de su cultura social y, en particular, de los instrumentos de fuerza bruta al servicio del gobernante. La democracia es algo muy nuevo en Rusia, captada en sus verdaderos alcances por la clase intelectual que lidera el movimiento de protestas, despreciado por los zares y los magnates del momento.

De ahí que a Putin le parezca natural enviar a sus adversarios políticos al gulag, y a los periodistas inquisitivos al otro mundo. No obstante, en la Rusia de hoy, para la generalidad de la ciudadanía no hay impedimento para viajar al extranjero ni comunicarse por Internet.

Desde luego, todo esto depende del grado de irritación que alguien con sus actos o con sus palabras cause en los círculos del poder político moscovita. La escritora Masha Gessen, autora del sensacional libro sobre Putin, “El hombre sin rostro”, viaja por Nueva York y Washington emitiendo sus luces sobre la personalidad de Putin (“...un matón y padrino de un clan mafioso que gobierna en Rusia'”) por la prensa y la televisión. Lo que ocurra con esta joven (35 años) madre de dos niños, de vuelta en Rusia, es tema frecuente de preguntas a las que ella contesta con un semblante de mártir.

El nuevo mandatario ha inyectado sus discursos de campaña con ataques viscerales contra Estados Unidos y Europa. Su diplomacia en Siria e Irán refleja el neomercantilismo armado y antagonismo con Occidente que se vislumbra en el umbral de su tercera gestión presidencial. Nada de esto será muy diferente de la actual política externa que, dicho sea de paso, como primer ministro ha venido dirigiendo.

Aparte de armas, Rusia es un proveedor de gas natural y petróleo. Sus métodos para imponer altos precios a los clientes se han manifestado en interrupciones del servicio, situación que alienta a los países europeos a considerar fuentes y vías de distribución diferentes.

Putin es el rostro de la Rusia poscomunista, una potencia dotada de inmensos arsenales nucleares y proveedora de combustibles y armas.

A juzgar por sus andanzas previas, Putin no será precisamente un campeón de la cooperación amistosa con Occidente. Esperemos que la respuesta de sus contrapartes occidentales sea la idónea para no aumentar los riesgos de subestimación de parte del Kremlin, lo cual podría conducir a situaciones internacionales deplorables, como la ocurrida no hace mucho en Georgia.