El 28 de mayo del año pasado, al terminar la final de la Champions contra el Manchester United (3-1), Carles Puyol se quitó el brazalete de capitán y se lo colocó a Éric Abidal, que había sido operado de un tumor hepático apenas dos meses y medio antes. Para que recogiera él la cuarta Copa de Europa del Barcelona. Al final de la escalinata de la tribuna del estadio de Wembley parecía esperarle, además de sus compañeros y el trofeo, el capítulo que cerraba una historia que acongojó, conmovió y finalmente impulsó anímicamente al vestuario azulgrana en el último tramo de una temporada disputada hasta el extremo con el Real Madrid. Y en aquella escalinata estaba el final. Hasta ayer por la mañana.
«Cinco minutos antes del entrenamiento —contaba Puyol—, nos han reunido a todos y el míster nos ha dado la noticia. Y ha sido una sorpresa muy desagradable. Es un golpe muy duro». Casi justo un año después de que, en otra reunión, les contaran que Abidal debía ser operado de un tumor hepático, les decían que ahora lo que necesita, para las próximas semanas, es un trasplante de hígado. Los servicios médicos del club explicaron que esa posibilidad había estado ya flotando desde el principio: «Era una opción ya indicada desde el inicio de su tratamiento hace un año», dice el escueto comunicado.
La fortaleza de Abidal
Ayer por la mañana, después de Pep Guardiola, habló también el defensa francés, de 32 años. «Y él nos ha animado a nosotros —cuenta Puyol—. Es muy fuerte. Lo demostró la temporada pasada y lo volverá a demostrar». También mantuvo el ánimo el año pasado y pidió a sus compañeros, muy afectados, que todo siguiera igual. «Es el golpe más duro que he vivido en un vestuario», dijo Xavi Hernández en los primeros días después del anuncio, cuando se anunciaba que Abidal no podría jugar hasta la temporada siguiente. Aunque todo fue más rápido.
El 2 de mayo, el día antes del último episodio del carrusel de cuatro clásicos en 18 días, el defensa se presentó al entrenamiento y Guardiola lo incluyó en la convocatoria para la vuelta de la semifinal de Champions contra el Real Madrid en el Camp Nou. Un símbolo. Un impulso sentimental en un campo de batalla crispadísimo. En el minuto 90, cuando el Barcelona tenía asegurado ya su lugar en la final de Wembley, Guardiola retiró a Puyol del campo y abrió la espita de una sentida ovación liberadora en su estadio, que el banquillo acompañó aplaudiendo en pie.
«Estoy muy contento por haber llegado a la final de Wembley, pero sobre todo lo estoy por la gente. He trabajado mucho para estar aquí, ya que teníamos muchas bajas por lesión», dijo Abidal después del partido. Y en Wembley, con la rabia feliz con la que izó la «orejona», pareció quedar todo zanjado. En enero de este año el Barcelona le amplió el contrato hasta el 30 de junio de 2013, con la posibilidad de extenderlo incluso hasta 2015.
Recaída
Éric Abidal llevaba unos días trabajando al margen de sus compañeros por una pubalgia, después de un amistoso con su selección que vencieron (1-2) contra Alemania en Bremen. Poco después de ese partido supo que necesitaba el trasplante del que ayer habló a sus compañeros. «Esto nos hará aún más fuertes», dijo Puyol en positivo.
Mientras, comenzaba un reguero de mensajes de ánimo que no cesó en todo el día. De compañeros de vestuario como Iniesta, Piqué, Villa, Isaac Cuenca, Pedro Rodríguez. También del Madrid, como Casillas y Albiol. Y de otros equipos, como De Gea, del Manchester; Mata, del Chelsea; Borja Valero, del Villarreal. Y también algún convaleciente de otro deporte, como Ricky Rubio: «Me río de mi lesión de rodilla... Abidal, un ejemplo de lucha. ¡Saldrás adelante!».