
Es posible que sea más difícil el partido de vuelta que el de hoy. Este Milan tiene bajas básicas en defensa y tocados delante, pero es evidente que la gran amenaza del Barça será Ibra, el delantero centro que quiere que el club blaugrana gane la Liga y que está cuajando una excelente temporada.
Es muy bueno. No entró en el sistema del Barça porque no acabó de acoplarse a una de las máximas del vestuario: Messi es el número uno. Quiso disputarle ese cetro y todos ahí le reconocen a Leola corona. Una de las cuestiones más importantes para que un vestuario funcione es que haya un número uno, no dos. Si hay un par es un problema. Eso lo ha ido demostrando la historia, aunque siempre hay excepciones.
Guardiola sabe que el mejor vestuario es en el que la jerarquía no anda repartida, sino que es reconocida y aceptada por todos. Eso lo ha conseguido Pep en este Barça e Ibra no andaba en esa línea. No es cuestión de ir haciendo un equipo para Messi, sino que Messi tenga un equipo que reconozca su fútbol y su jerarquía. Eso existe en este Barça. Guardiola no quiere dos gallos en un mismo gallinero. Y le ha ido bien, muy bien. Lo ha gestionado bien.
Hoy al Milan le queda aquello que tanto gusta decir a los periodistas italianos y que se cansaron de repetir antes del infausto Milan-Barça de Atenas: lo “agonístico”. Buscar un partido épico, de sufrimiento, de lucha, de mística, frente al fútbol que puede ofrecer el FC Barcelona. En cualquier momento algún veterano del Milan puede hacer el partido de su vida y rozar la genialidad. Delante, no obstante, habrá un equipo. Con Mecí.