sábado, 21 de abril de 2012

Sorpresas invadieron la campaña en Francia

Muchos afirman que fue aburrida y sin interés. Sin embargo, la campaña presidencial francesa, que concluyó anoche, provocó muchas más sorpresas de las que predecían políticos y especialistas. En enero pasado, el centrista François Bayrou aspiraba a pasar a la segunda vuelta. La líder de ultraderecha Marine Le Pen amenazaba al presidente conservador Nicolas Sarkozy con reeditar la hazaña de su padre en 2002, cuando pasó al ballottage con Jacques Chirac. El socialista François Hollande estaba ya muy por delante de sus adversarios y el ultraizquierdista Jean-Luc Melenchon no asustaba a nadie. Cuatro meses más tarde, la campaña terminó revolucionando el espectro político francés. Y, de paso, produjo auténticos "fenómenos". El principal de ellos es, sin dudas, Melenchon. Con apenas 5% de intención de voto en septiembre, el candidato de la extrema izquierda podría terminar mañana en tercer lugar. La dinámica creada durante los últimos meses por ese tribuno sin par, capaz de movilizar símbolos que tocan el inconsciente político colectivo, le permitió pasar de una posición marginal a gozar de una ola de simpatía que se sitúa alrededor del 15% de la intención de voto. Como pocos, Melenchon supo articular su discurso en torno de los temores que aquejan a los franceses frente a la globalización. Pero su talento personal no explica todo. La cultura comunista aún está profundamente arraigada en Francia. Resistió incluso a la desaparición del aparato del Partido Comunista Francés (PCF), que tocó fondo en 2007, cuando obtuvo menos de 2% de los votos en las presidenciales. Melenchon consiguió despertar esa cultura gracias a una estrategia en tres etapas: primero, reunió lo que quedaba del PCF; después, dinamitó lo que habían intentado construir los viejos representantes de la extrema izquierda; y luego, por fin, comenzó a cortejar a los simpatizantes socialistas que suelen tener el complejo de no ser bastante de izquierda. El candidato del Frente de Izquierda consiguió esa hazaña basándose en su historia personal: de joven perteneció al movimiento trotskista Organización Comunista Internacional (OCI). Después militó mucho tiempo en el Partido Socialista (PS), antes de crear el Partido de la Izquierda, una de las muchas agrupaciones que lo presentan como candidato. En 2007, el "fenómeno" de la campaña había sido Bayrou. Esta vez todo parecía ir en ese sentido. El profesor había encontrado un argumento interesante: defender el made in France. Los sondeos comenzaron a darle razón y, por un momento, volvió a ser el tercer hombre de la carrera al Palacio del Elíseo. Pero el mecanismo se bloqueó rápidamente, cuando Bayrou apostó al derrumbe -a su juicio ineluctable- de Sarkozy o de Hollande. Decidió entonces esperar para no hipotecar su futuro. Y una vez más, a fuerza de no elegir entre la derecha y la izquierda, su capital terminó derritiéndose como la nieve bajo el sol. Con 10% de intención de voto, Bayrou quedó muy lejos detrás de Melenchon y de Le Pen. "¿Cuántos [terroristas como] Mohammed Merah hay en los barcos y los aviones que llegan cada día a Francia repletos de inmigrantes?" Marine Le Pen no usa pinzas para obtener adhesiones. Y las consigue. Tantas, que con casi 17% de votos probablemente sea ella quien obtenga el preciado tercer puesto. Al principio, la líder del Frente Nacional (FN) intentó desdiabolizar su partido hablando de economía o de la batalla del euro. Pero sus electores comenzaron a abandonarla para volcarse hacia Sarkozy. Le Pen resistió hasta que Melenchon empezó a hacerle sombra. Entonces, tuvo que rendirse a la evidencia: a su electorado no le interesa la economía. Sólo quiere escucharla hablar de seguridad e inmigración. Ese regreso a los fundamentales le permitió posicionarse como una de las fuerzas con las que habrá que contar para la segunda vuelta..